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jueves, 30 de octubre de 2014

Posterga tus preocupaciones


 

Cuentan que un día, en una comarca, mientras se realizaba una fiesta, al rey le saltó un botón de su saco, producto de lo mucho que estaba comiendo y bebiendo. 

Como era la costumbre de la época, buscó echarle la culpa al sastre que se lo había cosido y por ende lo mandó encarcelar sentenciándolo  a una muerte cercana.


El pobre sastre en medio de su desesperación recordó que ese mismo día le habían regalado un burro al rey y le ofreció hacerle hablar en un año a cambio de su libertad. 


Al rey le pareció gracioso tener en su reino un burro que hable y aceptó el desafío del sastre.
Cuando este volvió a su casa su mujer lo interpeló diciendo:Cómo le has prometido eso al rey si tú no sabes cómo hacer hablar a un burro.


Querida mía, contestó el sastre, dentro de un año no sé  que será de mi, ni del rey y mucho menos del burro.
Comamos hoy nuestra cena en paz. 


Tenemos un año para ver que hacemos.



Hay dos tipos de preocupaciones:
Las que dependen de nosotros y las otras.
No debemos perder el tiempo
con las las segundas!!
Duke Ellington


Tomado de: Conversando con un coach, de Patricia Hasuel

viernes, 23 de mayo de 2014

El diente roto.

El diente roto
Pedro Emilio Coll
A los doce años, combatiendo Juan Peña con unos granujas recibió un guijarro sobre un diente; la sangre corrió lavándole el sucio de la cara, y el diente se partió en forma de sierra. Desde ese día principia la edad de oro de Juan Peña.
Con la punta de la lengua, Juan tentaba sin cesar el diente roto; el cuerpo inmóvil, vaga la mirada sin pensar. Así, de alborotador y pendenciero, tornóse en callado y tranquilo.
Los padres de Juan, hartos de escuchar quejas de los vecinos y transeúntes víctimas de las perversidades del chico, y que habían agotado toda clase de reprimendas y castigos, estaban ahora estupefactos y angustiados con la súbita transformación de Juan.
Juan no chistaba y permanecía horas enteras en actitud hierática, como en éxtasis; mientras, allá adentro, en la oscuridad de la boca cerrada, la lengua acariciaba el diente roto sin pensar.
—El niño no está bien, Pablo —decía la madre al marido—, hay que llamar al médico.
Llegó el doctor y procedió al diagnóstico: buen pulso, mofletes sanguíneos, excelente apetito, ningún síntoma de enfermedad.
—Señora —terminó por decir el sabio después de un largo examen— la santidad de mi profesión me impone el deber de declarar a usted...
—¿Qué, señor doctor de mi alma? —interrumpió la angustiada madre.
—Que su hijo está mejor que una manzana. Lo que sí es indiscutible —continuó con voz misteriosa— es que estamos en presencia de un caso fenomenal: su hijo de usted, mi estimable señora, sufre de lo que hoy llamamos el mal de pensar; en una palabra, su hijo es un filósofo precoz, un genio tal vez.
En la oscuridad de la boca, Juan acariciaba su diente roto sin pensar.
Parientes y amigos se hicieron eco de la opinión del doctor, acogida con júbilo indecible por los padres de Juan. Pronto en el pueblo todo se citó el caso admirable del "niño prodigio", y su fama se aumentó como una bomba de papel hinchada de humo. Hasta el maestro de la escuela, que lo había tenido por la más lerda cabeza del orbe, se sometió a la opinión general, por aquello de que voz del pueblo es voz del cielo. Quien más quien menos, cada cual traía a colación un ejemplo: Demóstenes comía arena, Shakespeare era un pilluelo desarrapado, Edison... etcétera.
Creció Juan Peña en medio de libros abiertos ante sus ojos, pero que no leía, distraído con su lengua ocupada en tocar la pequeña sierra del diente roto, sin pensar.
Y con su cuerpo crecía su reputación de hombre juicioso, sabio y "profundo", y nadie se cansaba de alabar el talento maravilloso de Juan. En plena juventud, las más hermosas mujeres trataban de seducir y conquistar aquel espíritu superior, entregado a hondas meditaciones, para los demás, pero que en la oscuridad de su boca tentaba el diente roto, sin pensar.
Pasaron los años, y Juan Peña fue diputado, académico, ministro y estaba a punto de ser coronado Presidente de la República, cuando la apoplejía lo sorprendió acariciándose su diente roto con la punta de la lengua.
Y doblaron las campanas y fue decretado un riguroso duelo nacional; un orador lloró en una fúnebre oración a nombre de la patria, y cayeron rosas y lágrimas sobre la tumba del grande hombre que no había tenido tiempo de pensar.

martes, 11 de marzo de 2014

PROCLAMA

Proclama 

Queridos Caballeros E, ha llegado el momento de despedirnos, de aquí en adelante cada uno de nosotros emprende su lucha por liberar de hierro a tanta gente que hoy nos necesita, nos llevamos todas las enseñanzas impartidas por el corsario Kenny y por supuesto el capitán del escuadrón el corsario Mejía.
Sandra nos brindó su trabajo y hospitalidad, así como también todo su ejército amigo; Luz, Inés, Johana, Santiago, Jairo, Catalina, Katerina, Andrea, Alfredo, Ricardo, todos ellos nos apoyaron estos días.

Las armas y joyas que nos facilitó Moshe para hacer de éste entrenamiento en la arena una realidad fueron el aporte inicial para garantizarnos el éxito en la larga batalla que emprenderemos. Paulo con su compañía y afecto nos apoyó en nuestra formación.

Todos nosotros, hoy ya proclamados Caballeros, emprenderemos el camino de la descarga. 

Ante todo debemos quitarnos la armadura que cubre nuestros corazones para luchar ligeros, para dejar que sea el corazón y sólo él, el que guie nuestros pasos, debemos honrar siempre y por sobre todas las cosas a nuestros compañeros, nadie puede dejar a un compañero solo en el campo de batalla, unidos somos más fuertes, unidos venceremos. 

Nuestras creencias y valores deben guiar nuestros pasos en los momentos difíciles , luchar contra la opresión del Reino del Hierro y el grave daño que causa, para ello requerimos valores fuertes, arraigados, profundos.

La lucha es por nuestra causa. Hasta que no nos queden fuerzas, hasta que tengamos que levantas la espada del conocimiento con ambas manos, hasta la última gota de sudor, no escatimaremos esfuerzo en salir a quelar.

Nuestro castillo, nuestra fortaleza, nuestra casa, no será tomada por nadie, jamás intruso alguno tocará nuestro territorio, nos pertenece por derecho y hasta el final lo defenderemos.

Entendamos de aquí en adelante que nuestro fin más supremo en la vida es la vida de esos hombres, esas mujeres, esos niños que sólo cuentan con nosotros y con E para vivir y experimentar todas los cosas gratas que nosotros podemos experimentar en la vida.

El Caballero E es valiente, es apasionado, es inteligente, íntegro y honrado, pero por sobre todas las cosas es perseverante y no se rendirá hasta que todos los que la necesitan obtengan la libertad, hasta que obtengan la quelación.

La batalla es hoy, la batalla es ahora, la batalla es afuera. 

Cuídense y entreguen el corazón que su lucha será recompensada con justicia, gracia y salud.